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Este es un homenaje a una noche muy especial de mi vida y a la mujer y al hombre involucrados en ella, que fuimos Richard Widmark y yo.

Literalmente, el sueño de una noche de verano.

El 28 de junio de 1973 proyectaron en televisión una película de Vincente Minnelli titulada “La tela de araña”. Es una curiosa rareza en la filmografía del famoso director. Un melodrama coral, con tintes psicoanalíticos, desarrollado en una clínica psiquiátrica y en torno al nimio detalle de unas cortinas. Muchos la consideran una obra menor, pero algunos saben que, detrás de su extraña extravagancia, su trama enrevesada, sigue latiendo el pulso inteligente, delicado y elegante del gran director italo-americano, quien nunca suelta las riendas de tan fascinante cuadro. Realmente, el lugar y las pinceladas médicas son el escenario secundario para desplegar una singular puesta en escena en la que la historia, convencional y de relativo interés, discurre como un atrayente río, de la mano del estupendo elenco de actores, que vuelcan de forma natural, la fuerza de sus personalidades.

Entonces yo era una muchacha de catorce años, soñadora, introvertida e inquieta intelectualmente. Había empezado a interesarme por el mundo de la psiquiatría, leyendo Freud y a Jung. Siempre me había sentido atraída por el mundo de los sueños.

Mirando retrospectivamente, siento aquellos días como un tiempo lleno de benignos augurios, unos días de gracia en los que varias circunstancias se alinearon para favorecer la aparición de mi “animus”, el arquetipo de lo masculino en mí. Emergió, cristalizando a través de un sueño.

Entonces proyectaban muchas películas clásicas en televisión y yo había visto a Richard Widmark recientemente en dos o tres títulos, películas de acción, westerns o bélicas, que había seguido de forma superficial. Pero ya el atractivo profundo y magnético de Widmark había entrado en mi subconsciente. Aquella noche, el anuncio de la emisión de esta película, con su argumento acompañado de la foto de un sereno y elegante Widmark, en nada parecido al perfil que de él conocía, despertó mi interés.

Adoraba el cine desde pequeña, constante fuente de ensoñaciones y reflexiones personales que me ayudaban a construir el sentido de mi vida.

Era la verbena de San Pedro y la celebramos en casa de mis abuelos, para despedirnos antes de irnos de vacaciones. Disfrutamos de la fiesta en familia, todo ello en medio de un nerviosismo que iba en aumento, ante el temor de perderme tan delicado bocado cinematográfico.

El espectáculo me cautivó. Fui sensible a la exquisita dirección y al talento de los grandes actores que, una vez más, me contaban una historia con la que yo podía soñar en cómo era la vida.

Me impresionó Stewart McIver, el psiquiatra discreto, distinguido e inteligente, al que ponía cara y cuerpo Richard Widmark. Era la primera vez que veía a este actor en un registro tan diferente a los habituales y mi alma juvenil se enamoró profundamente de esta “Imago”. Yo todavía no lo sabía, sólo recuerdo que volví a casa con el ánimo vibrante de una intensidad nueva para mí, con la imagen nítida de su rostro especial, su expresión definida, sus rasgos tan únicos y su sonrisa cautivadora, envolviéndome cálidamente.

En la historia, Widmark está insatisfactoriamente casado con una sensual y lábil Gloria Grahame, que, como casi todos los personajes de la película, no hace sino buscar su sitio en el entorno que le ha tocado vivir. Widmark coincide en la clínica con una viuda joven y atractiva, en plena resolución de su duelo. Todo el peso e importancia del encuentro amoroso estaba centrado en esa relación extra-matrimonial, era esa la pareja que destilaba la química misteriosa del “encuentro” En realidad, así era en la historia original, que, por motivos de la censura, se transformó en un forzado “final feliz” en el que las aguas se remansaban. Widmark volvía a los improbables brazos comprensivos de la inquieta Grahame, renunciando a un amor pleno, maduro, tal vez incierto, pero apasionadamente correspondido.

Al día siguiente iniciamos las vacaciones, viajando hacia un pequeño pueblo de Gerona. Me entregué al verano, los baños en el río, las lecturas en la terraza de la casa de la plaza Mayor, a mi lucha constante con mis padres para defender mi soledad con toda la terca fuerza de mi alma juvenil.

Diez días después, el 10 de julio de 1973, tuve un sueño. Soñé con Richard Widmark, tal como le había conocido en “La tela de araña” y su aparición, macerada de forma misteriosa y definitiva en mi alma, como un sortilegio, marcó y transformó mi vida profundamente. Fue un relámpago sublime que iluminó los diez posteriores años de mi juventud.

A partir de aquel día empecé a llevar un diario de sueños, unido al personal, que ya escribía de forma esporádica. Diarios que sigo escribiendo actualmente, en un ejercicio de creación, trabajo personal, asombro y agradecimiento.

La calidad, el tono, el contenido de aquella revelación, escapaba a mi idea del amor, del que yo ya tenía una idea muy personal y elevada. Era una experiencia iniciática. Nunca pude escribir que amaba o estaba enamorada de Widmark, como hubiera sido lo natural en una adolescente soñadora e introvertida. No, aquello escapaba a todo, no se podía explicar con nada, era un manantial inefable que se me había revelado en sueños, introduciéndome a una vida interior elevada y mantenida durante años.

Esta imagen de la película refleja lo que he contado. Emergentes y sostenidos por el amor, plenos y entregados en un abrazo de luz, revelados por el cáliz misterioso de un sueño que perdura a través del tiempo, mágico y eterno.

(© Montse Montano)