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¿Feliz Navidad?

En esta época del año se escuchan opiniones contrapuestas, que podemos dividir básicamente en dos: los que aman la Navidad y los que son críticos con ella o directamente la detestan.

La mayoría tenemos motivos importantes para mantener estas diferentes posiciones.

La Navidad es, inicialmente, una fiesta religiosa, asociada también al solsticio de invierno. Es comprensible que las personas que no son religiosas sientan indiferencia o rechazo ante la fiesta. Ciertamente hay una gran presión social, a la que es difícil de escapar, pues la Navidad es una de las celebraciones más profundamente enraizadas en las costumbres de gran parte del mundo, probablemente la que, por diferentes motivos, más mueve a la sociedad. Su ámbito de influencia abarca desde el tono, el ritmo y los contenidos más sencillos de estos días, hasta los ritos espirituales y las categorías culturales que durante siglos han nutrido de arte esta efemérides.

Los detractores de la Navidad suelen hablar de los intereses económicos que hay detrás de las fiestas. También de la hipocresía que se acentúa en estos días, al poner de relieve la incoherencia entre nuestra vida habitual a lo largo del año y la excepcional o forzada en estos días de paréntesis.

Todas estas realidades son incuestionables.

Pero me pregunto si vivimos existencias extremadamente puras durante el resto del año. Es obvio que no. ¿No será demasiada exigencia extremar la coherencia en lo que se refiere a la Navidad? No digo que no sea bueno hacerlo, es lo mejor. Pero si no lo hacemos, tal vez no sea tan preocupante.

Las empresas y comercios encuentran en la Navidad un tiempo excepcional de grandes ingresos. ¿Es algo negativo del todo?

El día de los enamorados, el día de la madre, los cumpleaños, son fiestas con un fuerte calado social, al que mucha gente no quiere renunciar, a pesar del fortísimo trasfondo económico que hay detrás. ¿Es esto malo?

Tal vez en la mesura, en la armonía, está el secreto, la llave mágica para manejar nuestras contradicciones. Bienvenidos sean los regalos, si nacen del corazón y alegran la vida de las personas. La gente se ama entre sí, ama a sus parejas, a sus madres, a sus hijos, y se siente feliz de hacer y recibir regalos, sean días señalados o no. También en Navidad. Si mantenemos el equilibrio, nada malo hay en ello. Hacer regalos no cuesta necesariamente mucho dinero y puede ser una actividad beneficiosa: el dedicar un tiempo razonable a una búsqueda especial, la alegría de encontrar el objeto idóneo para cada persona, la anticipación de la felicidad que esperamos despertar en el otro, el rito de envolverlo con papel de fiesta, los detalles con que completamos nuestro paquete, todo esto despierta en cada uno de nosotros toda una serie de experiencias altamente gratificantes, conectadas con el placer de dar.

Se habla también del estrés que se genera en estas fiestas. Cierto también. Como el resto del año, en otros ámbitos en los que nos toca vivir (sobre todo en el laboral). Tal vez entonces el de la Navidad sea el menos duro de sobrellevar. De nuevo, la consigna es: armonía, equilibrio, ritmo entre lo que deseamos y lo que podemos hacer.

El sol sale todos los días y favorece la vida en todas sus expresiones. ¿Diría alguien que es rechazable porque ilumina más claramente los escenarios donde se cometen los delitos? Celebramos el sol porque escogemos la parte buena de su existencia.

Una última razón, entre las más importantes para distanciarse de la Navidad, es la falta de los seres queridos que en el pasado nos acompañaron, especialmente relevante durante estos días. Me pregunto si no obrará aquí una incapacidad nuestra para acoger la tristeza, asumir la pérdida, sanar de alguna manera nuestro corazón a través del agradecimiento por todo ese pasado que vivimos como una verdadera gracia. Los que partieron de este mundo pueden seguir teniendo un lugar importante en nuestro recuerdo, actualizado en el día a día, recuerdo que puede ser excepcional en Navidad. ¿Qué mejor motivo de celebración que convocar la memoria de los que tanto nos amaron y nos enseñaron algunas o muchas cosas buenas que forman parte importante de nuestra esencia? Tal vez no deberíamos culpar a la vida por lo que se va, sino estar prestos a agradecer todo cuanto seguimos recibiendo. Labor nuestra es –bella y noble labor- la de vivir airosamente una vida activa ligada con un recuerdo renovado de todo cuanto fue bello e importante en el pasado, lo que nos ha nutrido para hacernos tal como somos.

Podemos escoger qué parte de la realidad contemplamos, sin excluir a la otra, la que existe y es menos luminosa. Podemos acoger la Navidad, sin perder nuestro espíritu despierto y crítico, el que nos ayuda a ser buenos y coherentes. Es un tiempo especial para reflexionar sobre algunas cosas, por ejemplo, sobre la luz y el tiempo. El tiempo, que es circular y no tan lineal como pensamos. Nuestro tiempo humano es limitado y podemos amarlo a través de todo cuanto nos llega día a día, momento a momento.

En mi caso, la Navidad es una celebración espiritual. Sé que es así porque en momentos difíciles, cuando nada en mi entorno facilitaba la celebración, permaneció el reducto, el corazón puro de la fiesta y así supe, de forma clara, qué significaba para mí.

Las luces parpadeantes que adornan las calles son un guiño para recordarme la responsabilidad que tengo de cuidar de mi propia luz, para agradarme a mí misma y agradar a los demás. La luz, que resplandece en nosotros, cada vez que hacemos conciencia y nos abrimos un poco más a la comprensión de la realidad en la que vivimos.

Este tiempo me conecta directamente con la niña interior que habita en mí, que es fuerte, activa y sigue acompañándome a través de mis sesenta años recién cumplidos. Esta niña disfruta con la fiesta: con los adornos, las luces, los regalos, las comidas especiales, los ritos que, como gentiles acompañantes, nos anclan profundamente en este mundo físico y material que tenemos la suerte de habitar. Hacer fiesta hace gozar al corazón y fortalece el alma, nos vuelve más benevolentes, más cariñosos y mejores. Cantar villancicos o canciones populares, nos hace participar en melodías sagradas porque se comparten con otros seres humanos. Y si no queremos hacer regalos, basta con la sonrisa, el apretón de manos o el abrazo sincero que, en algún momento, puede llegarnos en estos días.

Una vocecita no deja de decir: “No hables de la Navidad, a tanta gente no le gusta… vas contracorriente, como tantas veces…”

Y mi voz interior, que es más fuerte porque viene del alma, dice a quien necesite, disfrute o quiera:

¡Feliz Navidad!

(© Montse Montano)

 

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