Rioja creativa

Quiero presentaros a dos amigos muy queridos y especiales para mí. Y quiero también difundir su proyecto creativo, que es de una profundidad y una relevancia especiales.

Ellos son Marion Thieme, licenciada de BBAA, pintora y escultora, que vive como artista independiente en España desde 1987.

Él es Antonio Santamaría, escritor, poeta y maestro de Reiki desde 2004.

Hace algunos años se trasladaron a vivir a un pequeño pueblo de la Rioja, Munilla, porque, en sus palabras “nos atrajo la vida natural, la posibilidad de crear inmersos en un entorno que conserva lo primitivo, lo virgen, la tranquilidad y la vida en concordancia con la naturaleza, y no en contra de ella.”

Os adjunto la información a través del documento que ellos han creado, esperando que pueda difundirse tanto como su espíritu y objetivos se merecen, ya que se nutre de las verdaderas raíces del ser humano, a las que bellamente sirve.

Microsoft Word - riojacreativ.docx

 

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Navidad

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¿Feliz Navidad?

En esta época del año se escuchan opiniones contrapuestas, que podemos dividir básicamente en dos: los que aman la Navidad y los que son críticos con ella o directamente la detestan.

La mayoría tenemos motivos importantes para mantener estas diferentes posiciones.

La Navidad es, inicialmente, una fiesta religiosa, asociada también al solsticio de invierno. Es comprensible que las personas que no son religiosas sientan indiferencia o rechazo ante la fiesta. Ciertamente hay una gran presión social, a la que es difícil de escapar, pues la Navidad es una de las celebraciones más profundamente enraizadas en las costumbres de gran parte del mundo, probablemente la que, por diferentes motivos, más mueve a la sociedad. Su ámbito de influencia abarca desde el tono, el ritmo y los contenidos más sencillos de estos días, hasta los ritos espirituales y las categorías culturales que durante siglos han nutrido de arte esta efemérides.

Los detractores de la Navidad suelen hablar de los intereses económicos que hay detrás de las fiestas. También de la hipocresía que se acentúa en estos días, al poner de relieve la incoherencia entre nuestra vida habitual a lo largo del año y la excepcional o forzada en estos días de paréntesis.

Todas estas realidades son incuestionables.

Pero me pregunto si vivimos existencias extremadamente puras durante el resto del año. Es obvio que no. ¿No será demasiada exigencia extremar la coherencia en lo que se refiere a la Navidad? No digo que no sea bueno hacerlo, es lo mejor. Pero si no lo hacemos, tal vez no sea tan preocupante.

Las empresas y comercios encuentran en la Navidad un tiempo excepcional de grandes ingresos. ¿Es algo negativo del todo?

El día de los enamorados, el día de la madre, los cumpleaños, son fiestas con un fuerte calado social, al que mucha gente no quiere renunciar, a pesar del fortísimo trasfondo económico que hay detrás. ¿Es esto malo?

Tal vez en la mesura, en la armonía, está el secreto, la llave mágica para manejar nuestras contradicciones. Bienvenidos sean los regalos, si nacen del corazón y alegran la vida de las personas. La gente se ama entre sí, ama a sus parejas, a sus madres, a sus hijos, y se siente feliz de hacer y recibir regalos, sean días señalados o no. También en Navidad. Si mantenemos el equilibrio, nada malo hay en ello. Hacer regalos no cuesta necesariamente mucho dinero y puede ser una actividad beneficiosa: el dedicar un tiempo razonable a una búsqueda especial, la alegría de encontrar el objeto idóneo para cada persona, la anticipación de la felicidad que esperamos despertar en el otro, el rito de envolverlo con papel de fiesta, los detalles con que completamos nuestro paquete, todo esto despierta en cada uno de nosotros toda una serie de experiencias altamente gratificantes, conectadas con el placer de dar.

Se habla también del estrés que se genera en estas fiestas. Cierto también. Como el resto del año, en otros ámbitos en los que nos toca vivir (sobre todo en el laboral). Tal vez entonces el de la Navidad sea el menos duro de sobrellevar. De nuevo, la consigna es: armonía, equilibrio, ritmo entre lo que deseamos y lo que podemos hacer.

El sol sale todos los días y favorece la vida en todas sus expresiones. ¿Diría alguien que es rechazable porque ilumina más claramente los escenarios donde se cometen los delitos? Celebramos el sol porque escogemos la parte buena de su existencia.

Una última razón, entre las más importantes para distanciarse de la Navidad, es la falta de los seres queridos que en el pasado nos acompañaron, especialmente relevante durante estos días. Me pregunto si no obrará aquí una incapacidad nuestra para acoger la tristeza, asumir la pérdida, sanar de alguna manera nuestro corazón a través del agradecimiento por todo ese pasado que vivimos como una verdadera gracia. Los que partieron de este mundo pueden seguir teniendo un lugar importante en nuestro recuerdo, actualizado en el día a día, recuerdo que puede ser excepcional en Navidad. ¿Qué mejor motivo de celebración que convocar la memoria de los que tanto nos amaron y nos enseñaron algunas o muchas cosas buenas que forman parte importante de nuestra esencia? Tal vez no deberíamos culpar a la vida por lo que se va, sino estar prestos a agradecer todo cuanto seguimos recibiendo. Labor nuestra es –bella y noble labor- la de vivir airosamente una vida activa ligada con un recuerdo renovado de todo cuanto fue bello e importante en el pasado, lo que nos ha nutrido para hacernos tal como somos.

Podemos escoger qué parte de la realidad contemplamos, sin excluir a la otra, la que existe y es menos luminosa. Podemos acoger la Navidad, sin perder nuestro espíritu despierto y crítico, el que nos ayuda a ser buenos y coherentes. Es un tiempo especial para reflexionar sobre algunas cosas, por ejemplo, sobre la luz y el tiempo. El tiempo, que es circular y no tan lineal como pensamos. Nuestro tiempo humano es limitado y podemos amarlo a través de todo cuanto nos llega día a día, momento a momento.

En mi caso, la Navidad es una celebración espiritual. Sé que es así porque en momentos difíciles, cuando nada en mi entorno facilitaba la celebración, permaneció el reducto, el corazón puro de la fiesta y así supe, de forma clara, qué significaba para mí.

Las luces parpadeantes que adornan las calles son un guiño para recordarme la responsabilidad que tengo de cuidar de mi propia luz, para agradarme a mí misma y agradar a los demás. La luz, que resplandece en nosotros, cada vez que hacemos conciencia y nos abrimos un poco más a la comprensión de la realidad en la que vivimos.

Este tiempo me conecta directamente con la niña interior que habita en mí, que es fuerte, activa y sigue acompañándome a través de mis sesenta años recién cumplidos. Esta niña disfruta con la fiesta: con los adornos, las luces, los regalos, las comidas especiales, los ritos que, como gentiles acompañantes, nos anclan profundamente en este mundo físico y material que tenemos la suerte de habitar. Hacer fiesta hace gozar al corazón y fortalece el alma, nos vuelve más benevolentes, más cariñosos y mejores. Cantar villancicos o canciones populares, nos hace participar en melodías sagradas porque se comparten con otros seres humanos. Y si no queremos hacer regalos, basta con la sonrisa, el apretón de manos o el abrazo sincero que, en algún momento, puede llegarnos en estos días.

Una vocecita no deja de decir: “No hables de la Navidad, a tanta gente no le gusta… vas contracorriente, como tantas veces…”

Y mi voz interior, que es más fuerte porque viene del alma, dice a quien necesite, disfrute o quiera:

¡Feliz Navidad!

(© Montse Montano)

 

Árboles en otoño

¡Qué pura y sostenida es esta luz

de los árboles radiantes en otoño,

ignorantes del tenaz paso del tiempo,

caminando hacia el último rescoldo!

 

Conmueve su espontánea armonía

que asciende generosa por las ramas

y muestra el oro vivo de sus hojas,

en brava lucha con los verdes todavía.

 

De esta ardiente guerra ya perdida,

brotan llamas en violeta y bronce,

y por sus ramas se va transparentando

el oro que envejece con dulzura.

 

¡Cuántos ojos perderán esta belleza,

esta clara exhuberancia contenida

que inconsciente y generosa se regala,

dibujada por su clara arquitectura!

 

¡Cuánto cielo sustraído a nuestras almas

cuánta gracia natural que se diluye,

en la leve cadencia de los días…!

 

Conserva tenazmente la esperanza

de la luz en apariencia ya vencida,

su elegancia serena y contenida

nos conecta con el sueño de la vida.

 

Si a tu paso sorprendes la caída

de las hojas seducidas por el viento,

ve despacio y asiste reverente

a este baile tardío con el tiempo.

 

Contempla agradecido sus raíces,

el suelo que es tu casa compartida,

agradece la presencia concedida

y mira si es amor lo que declara.

 

No olvides que entre árboles es posible

el don de la belleza más sincera,

el vínculo de almas que comparten

la alquimia de un mundo algo más noble.

 

(© Montse Montano)

ÁrbolesOtoño

Sesenta

Sesenta años. Un día de íntima celebración conmigo misma. Por la mañana regalos, felicitaciones, horas alegres… Durante todo el día, fluyen los recuerdos, como grandes ríos, llenando los mares de mi tierra, flotan como nubes sencillas sobre mis aguas, las del pensamiento y las del amor, señales constantes de una insistente felicidad, un sentido. Y todo fluyendo a través de las mareas, besando el fondo, aventurando el cielo. ¡Sesenta años…! Quiero, de alguna manera, hacerme un ramo para mi misma, con infinitas y radiantes líneas de tiempo y cumplir, cumplir, cumplir…

Ella y la nieve

Tan blanca ya no era.

La nieve dura poco sin mancharse. Tampoco ella sería confundida ya con una muchacha. Pisó blanco y duro al bajar del tren, en la pequeña ciudad de provincias. Se escondió un poco bajo el abrigo, en la luz gris y solitaria de la estación.

“Soy una profesional”, se repitió. “Estoy aquí para solucionar un problema. Es mi trabajo. Mi trabajo”. Un setenta por ciento de enfermos de cáncer en una fábrica de la ciudad, por culpa de la Petrolera. Un porcentaje alto y una relación imposible de demostrar, pero ellos seguían luchando por sus trabajos, por sus vidas. Llevaba el informe al que debía atenerse, muchas hojas de notas y un libro de cuentos de Oscar Wilde. “Siempre ayuda”, se decía de vez en cuando, apretándolo firme contra el pecho.

Entró a desayunar en un bar cercano a la estación. Pidió un gin tonic. Su aspecto sereno y un tanto infantil siempre la amparaban en estos casos. En el bar todos la miraron raro. “Vaya, aquí no”, se resignó.

Un hombre se le acercó. Se presentó como Juan Maeso y resultó ser del comité de empresa que pleiteaba contra ellos. La adivinó rápido. La acompañó con otro trago largo y le estuvo hablando de la reunión, de sus reivindicaciones, de las acciones emprendidas… Se burló un poco con sus pequeños ojos azules sobre el borde del vaso, receloso de la estrategia que se escondía en el dossier que ella había dejado en la barra. Entonces vió el libro, con su repujado imitando oro. Era una edición tirando a pretenciosa. “¿Y esto?”, le preguntó. Ella dijo: “Algunos cuentos ayudan…” Él demostró incredulidad y la miró un poco más. Luego insistió en pagar la ronda, bromeó con el camarero y saludó a un grupo de parroquianos que entraban con el frío de la calle. Antes de marcharse se acercó mucho a la mujer y la besó suavemente en el lóbulo. “Nos vemos luego”, se despidió con toda normalidad.

Tras la barra, el dueño del bar se quedó tan sorprendido como ella. No entendía nada y pensó que ella era rara, pero interesante. Algo exquisito se dibujaba en el cerco impreciso del vaso.

(© Montse Montano, septiembre 2011)

Meditación

Entrar en el espíritu, la casa del alma. Una frontera donde vibra el silencio. La respiración va diluyendo las palabras, los pensamientos. Inspiro sueños, exhalo recuerdos. Callo. Espero. Acepto. A veces aparecen antiguos yacimientos felices, buenas cosechas. Un yacimiento de felicidad, encontrar una riqueza en forma de tiempo, escenario, recuerdo o vivencia que aumenta la calidad del ser. Detención, íntimo destello. Voy saliendo del tiempo, las líneas de la vida, la espesura del presente. El presente. Tan exquisito y difícil de cuidar, esquivo. Se revela como joya única con el mimo de la conciencia. Conciencia y nada. Conciencia y revelación. Presente, breve, mínimo, completo. La certeza de lo que es. Meditación y realidad. Permanece lo que ES.

(© Montse Montano)

Protocolo de actuación ante un fracaso (y otros relatos breves)

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Luis Cernuda, Manuel Chaves Nogales, Vicente Aleixandre, los hermanos Álvarez Quintero, Gustavo Adolfo Bécquer, Bartolomé de las Casas, José María Blanco White, Manuel y Antonio Machado, Joaquín Romero Murube, Alfonso Grosso, Luis Montoto… La lista que aúna talento literario y sevillanía es interminable. En este libro quizás encuentre a un escritor que tome el testigo de los grandes. Editorial Samarcanda tiene el inmenso placer de ofrecerle los relatos ganadores del I Premio Literario de Relatos Cortos Ciudad de Sevilla. Tras más de medio millar de propuestas recibidas, aquí están los manuscritos que han obtenido mejor valoración por parte de un jurado compuesto por una docena de notables representantes del mundo de la cultura que tienen un denominador común: el amor por las letras y por la ciudad de la Gracia. Que así sea.

“Métrica 6”, Montserrat Montano. La historia de un muchacho inmerso en la aspereza de su primer trabajo que se topa con la tozuda poesía de las personas y las cosas.

Varios autores. Protocolo de actuación ante un fracaso. Sevilla: Editorial Samarcanda, 2016.

 

El beso

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Pequeños relatos sobre el cine, historias nacidas de otras historias, para ser leídas con la misma intención con que siempre nos acercamos a ellas, con curiosidad, con interés, con anhelo de magia y, ¿por qué no? buscando la aventura de ser otros sin dejar de habitarnos a nosotros mismos.

“Cibeles o los domingos de Ville D´Avray”, Montserrat Montano.

Varios autores. El beso. Vigo: Ediciones Cardeñoso, 2010.

La palabra constante

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Alma constante (prólogo del libro)

Creo que toda mi vida estaré ligada a la palabra. Lo único que está en primer lugar es la vida y ésta, para mí, se produce un tanto por ciento elevadísimo
en las palabras.

Por supuesto que releo tu libro, releo constantemente poesía

La obra como morada del alma. Que aquello que “martillea, insaciable contra
el párpado obligado” sea la obra, la esencia pura del hombre, viene a decir Montano; esto es, su alma, capaz de entender, querer y sentir, de informar
al cuerpo de que el dolor es más que el cristal, el metal, el hueso

un libro es un milagro, esa palabra que a ti no te da miedo pronunciar.
A diferencia de 
la gente, yo cada vez aspiro a hacer menos cosas, a dedicarme
a las que me interesan de verdad y que requieren tiempo, ritmo lento, concentración, entrega intensa

el dolor es esa luz que brota con la herida para anunciar la buena nueva,
el advenimiento de otra vida, aquello que llamamos transformación y que sólo
se nos entrega a cambio de una muerte

quisiera vivir siempre en las palabras. Recibí tu carta y como siempre
fue una nota de luz

obra y alma se contienen y son contenidas, se habitan mutuamente, pues son
la misma cosa, el aura transparente que sólo ojos sensibles y expuestos llegan a distinguir, que sólo las manos que siguen a esos ojos pueden tocar

porque eras poeta, porque amabas la lentitud… Me gusta la idea de trabajar largamente el poema, en el tiempo. Sin forzarlo, pero mirarlo, buscarlo, cambiarlo, encontrarle la voz, pulirlo, cuidarlo, hacer cuanto haga falta para conseguir algo preciso, delicado, único

amor, como un todo amniótico del que la obra se alimenta, insensatos deseos
de alcanzar la madurez, pues la sazón plena constituye el primer paso hacia la muerte, “cana en el pubis, dibujo asombroso, nube coherente en otoño”

me duele horrores el brazo con el que escribo… Tengo que llevar el paraíso siempre conmigo, haga lo que haga, esté donde esté… Tengo una constante lucha para poder  obtener TIEMPO. Necesito grandes dosis de TIEMPO para poder vivir la vida a  la que aspiro… poder dedicarme cada vez a menos cosas, menos frentes, ser menos “activa y polivalente”

volvemos al amor. Volvemos a la peligrosa madurez. Contra lo sensato “Periferia” es un núcleo primitivo, primigéneo, rotundo, allí donde el alma pesa lo mismo que el cuerpo. Según avanza la lectura ese contorno se va espesando de forma casi imperceptible, con gesto delicado pero firme se nos obliga a apreciar su presencia poco a poco diferente, esa voz figurativa, sus localizaciones geográficas precisas. Transmutado se levanta ahora ante nosotros: es el hueso
a través del que pasamos, como bajo una densa cortina de agua, conteniendo
el aliento, o respirando con ansiedad la serenidad aparente de sus fuentes árabes, romanas

y mientras tanto, la belleza y la vida derramándose a mi alrededor… He estado en la playa y de nuevo he tocado la arena… el agua al principio no tiene color.
Es un ojo hueco que deja ver el fondo y recoge su verde melancólico… Cuando golpeo vivamente el 
agua con los pies… Siempre hay brisa y el aire está saturado de olores. Trae la respiración del agua, cargada de sol… La luz del sol, al que nunca miramos porque sabemos jubilosamente que está ahí

al otro lado, “En el centro”, el apretado camino se bifurca para ofrecernos la posibilidad de escoger entre lo ya andado y lo aún por caminar: la vida, “nuestra vida”. Y Montserrat Montano se lanza por aquellas “aceras de palabra viva”, sí, “incalculable manantial del alma”. Pues ésta retorna de nuevo, o bien se adensa o es el cuerpo el que se vuelve más sutil, pero ahora volaremos rozando con la punta de los pies descalzos los contornos precisos de las cosas

y justamente me hablaste de la esfera cuando esa forma representa ahora una parte de mi vida; y así viene hasta mí… De todas formas, para mí la poesía está en la manera de encontrarse en el mundo… una y otra vez el retorno a la escritura, mi verdadera casa, coloca las cosas en su sitio

si bien algunas aristas nos hacen daño la dulzura de las aguas contenidas, como rocío, en las “horas”, en la “luz”, en la “lengua”, en los “cristales”, en el “tiempo”, en el “llanto”, en la “sangre”, en la “palabra”, al fin, nos lava purificándonos, nos embriaga como mosto fermentado preparándonos para lo que también es inevitable, aquello hacia lo que nos acercamos y que se acerca, implacable,
hacia nosotros

transcurre el tiempo. Oigo unas voces… De noche, el cielo es playa

el final, “tibio fulgor”, donde se descubre su razón de “esfera, cumplimiento”,
allí donde “muy en el centro, permanece” el alma, el todo.

Antonio Santamaría Solís. Madrid, mayo de 2008.

(En letra cursiva: las citas de las cartas de Montserrat Montano.
Entre comillas: las citas de sus poemas).

Montano, Montserrat. La palabra constante. Diputación Provincial de Cáceres. Institución Cultural “El Brocense”, 2009.

Soria

“He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria -barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra-.

Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.
¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!”

(“Campos de Castilla”, Antonio Machado)

 

AlamosSoria.jpg(© Foto Santiago Torres)

Este paisaje grandioso es la recapitulación del alma de la ciudad. Soria, castellana y sobria, va destilando su espíritu en las iglesias, los monasterios, los monumentos de piedra dulce, sólida, antigua, hasta desembocar en el ancho Duero. De sus riberas y entre ermitas, se alzan los álamos eternamente renovados, de hojas verdes, amarillas, blancas, casi oro, casi plata; plenos de luz, expresan su trascendencia hermanando al hombre con el mundo natural. Quedamos a través de esta belleza expuestos ante el misterio. Duero, guardián del tiempo, profundo espejo en cuyas aguas se mece el alma de Soria.

(Montserrat Montano, 22 de octubre de 2017)