Guiadas por el amor

Siempre quise escribir. Y siempre quise escribir un libro sobre el amor. Era un deseo muy profundo, pero también muy genérico, indefinido, de fronteras dudosas por las propias características del tema. Era, como tantas otras cosas en mi vida, un sueño. Cuando, por azares del destino (o confabulación del mismo) conocí a mi amiga y compañera Marina Monzón, este sueño puso un pie sobre la tierra y, sin abandonar la belleza del cielo de las ideas, empezó a caminar entre los hechos y las palabras.

Como todo trabajo que vale la pena, ha sido un itinerario largo, complejo, difícil, esforzado, ilusionante y profundamente transformador.

Hemos escrito un libro porque hemos vivido y hemos cambiado. Y hemos cambiado y hemos vivido porque hemos escrito un libro. Con nuestras fuerzas y nuestras debilidades, con nuestros saberes y nuestras ignorancias (indagaciones permanentes, más bien), con orgullo y con humildad.

A través de nuestra búsqueda, esperamos encontrarnos y acompañar a otras personas con similar anhelo. Ponemos a su servicio nuestro saber y nuestra incertidumbre, convencidas de que este libro se irá completando con la experiencia personal de cada lector. En este sentido, es un gran libro.

Sabemos que vosotros tenéis muchísimas más respuestas que las que hemos compartido. Tantas historias, sabiduría e interrogantes latiendo en el corazón de los seres humanos… El libro nos necesita a todos para completarse.

Por el placer de compartir, invitar al diálogo y disfrutar, damos este primer paso con la publicación de “Guiadas por el amor”.

Desde esta alegría y con toda la ilusión, GRACIAS.

(© Montserrat Montano)

Duelo

Ángel Moleón García

Todo el mundo anhela el consuelo del amor o el sentido profundos y si algunos no lo alcanzan, otros pueden ofrecérselo. ¿Dar por dar? ¿Dar porque sí…? Dar porque puedes. Es un poder espiritual. Nada se pierde.

¡Cuánta vida hay en la muerte! No sólo descorre un velo hacia delante, sino también hacia atrás, transformando el sentido y el significado de cuanto habíamos vivido con la persona que ya no está.

Falta algo. ¿Cómo puede ser que toda la sustancia de un ser humano, sus raíces, su historia, el profundo peso de la tranquila cotidianidad de la vida, haya desaparecido para siempre?

¿Cómo puede transformarse el mundo de una forma tan radical en el transcurso de algunas horas, justo el tiempo de morir y ser incinerado?

Sí, falta algo. Ese agujero negro que es la muerte dentro del nido de la vida.

No eludir el dolor, aunque muerda el alma y destruya todo cuanto habías conocido. La verdad es todo lo que había debajo y ahora se revela. Míralo sostenidamente.

Puede parecer que hasta todo el consuelo de todas las religiones conocidas fuera como una brizna de hierba tratando de sostener una gran edificio, como una gota de lluvia enfrentando una gran tempestad. Puede parecer vano, una bella estampa de bolsillo que trata de condensar una gran corriente del espíritu, una gran filosofía, en un dibujo simbólico coloreado. Cuando la realidad irrumpe, ya no podemos ayudarnos más que con el enfrentamiento cara a cara con la misma. No queda otra cosa, aunque el dolor sea insufrible.

Una palabra, un gesto verdadero, una coherencia, pueden obrar un milagro. No importa sobre qué trate la verdad, sólo importa que sea verdad. Esto sí nos puede salvar.

No sabía que había vivido tantos, tantos infinitos gestos, cumplidos uno tras otro durante años, avanzando a veces tan a ciegas, a veces con claridad… ¿Tantos fueron, realmente…? Ellos explican una de las formas del amor que hasta ahora no se había manifestado.

Me desconcierta que pueda haber tanto y tan diferente a raíz de la muerte de una persona.

Qué impecable e indiferente es la muerte. Nos sonroja discretamente ante nuestras emociones desordenadas. Por fuertes e intensas que sean, apenas sus ondas alcanzan la playa que se abre al mar; no vislumbran la escarpada costa, desconocen la verdadera dimensión de la tormenta. Pero, a ciegas, te estrellará certera contra todas tus heridas.

El primer encuentro después de la muerte se resolvió en gratitud. Tantas lágrimas como gracias ofrecidas desde la frontera infranqueable. No había otra cosa más que este noble combate. Y dí las gracias una y otra vez, sin poder parar, sin saber por qué.

Besé su frente fría, toqué por encima de la sábana sus manos todavía tibias, recé otro Padrenuestro. Fuera de la habitación me esperaba el certificado de defunción. Estos fueron los hechos, entre la pena y el desconcierto. Poco más.

En el tanatorio, ver mi nombre escrito asociado al suyo logró detener mi llanto. Fue otro aviso de que la realidad se imponía. Lo agradecí, porque era insufrible la incertidumbre que me llevaba desde el sueño hasta la vigilia, ese dudar constante acerca de si el hecho había sucedido de verdad.

En el tanatorio vi a otras personas en la sala vecina y comprendí como en anteriores ocasiones que su dolor no era ajeno al mío. Estamos conectados. Mi dolor es sagrado porque lo es el del otro. Es irrelevante que no le conozca.

Días después, casi de forma inconsciente, ordené algunos libros siguiendo su numeración. De pronto me acordé de que él nunca lo haría. De pronto supe que jamás los volvería a desordenar. Los ví a través de mis lágrimas. Su desorden y su caos eran una forma que tenía la vida de expresarse. Mi meticuloso orden era, a veces, una expresión de las energías de Tánatos. Así, inesperadamente, me encontré reunida frente a él con nuestras incongruencias, nuestras contradicciones, nuestro enfrentamiento. Fue un encuentro, al fin y al cabo. Respiré aliviada porque lo habíamos hablado y, de alguna forma, en muchos sentidos, lo habíamos comprendido y restituido.

Ha transcurrido enero, febrero… casi sin sentir, como agua que se escapa entre los dedos. Suele pasar, tras las festividades navideñas, que tanto agrandan y dilatan el tiempo, rito tras rito. El tiempo, discreto, veloz, ha pasado casi de puntillas. Se ha llevado sus días y la vida de nuestro querido Ángel, que tanta presencia tenía en la tierra.

Escribo y elaboro mi dolor, algunos hallazgos acertados me alivian, encuentro consuelo en mis reflexiones, las pulo, se afloja la opresión en el pecho, me reconforto… Pero una parte de mí sabe que no deja de ser una artimaña para esquivar el dolor. Es falaz. Es una destreza, no es más que una pulida destreza. Es triste hasta lo bien que lo expreso. Lo único que cuenta, lo único que es real, es el mar profundo, el inmenso mar lleno de noche, gélida quietud, detención y oscuridad que es su muerte.

¿Por qué ya no podemos conversar…? De cosas vulgares, de cosas profundas, de algún programa estúpido de la televisión, de esto o de aquello, de cualquier cosa…? ¿Dónde estás? ¿En qué tiempo, en qué situación? ¿Estás en la nada o en alguna resurrección previa a la definitiva? ¡No estás…?

Si ya no podemos hablar, entonces dejaré correr mis lágrimas, hasta que la pena de mi corazón se desvanezca de puro hastío. Que un hastío de piedad selle tantas debilidades de mi cuerpo de carne, de mi espíritu lleno de tantos recuerdos.

El duelo es un animal insaciable que te toma inesperadamente para devorar una parte de ti con implacable obstinación. Te mantiene inmovilizada mientras se produce el desgarro que te está transformando definitivamente en otra persona, en otro mundo que ya no es el que era. Luego esto acaba y vuelve a reanudarse la vida de siempre.

Terneza

No conocía esta palabra hasta que Ángel la dijo, hace unos años. Un sinónimo de ternura que le gustaba. Me quedé con ella y a veces venía a visitarme, se me hacía presente, se quedaba un ratito conmigo.

Muchas veces pensé que cuando muriera serviría para escribir algo sobre él.

En los últimos tiempos era muy vulnerable. Era un árbol con la raíz expuesta. Las emociones transitaban por su cuerpo con una fuerza casi insostenible para él. Lloraba con frecuencia, él que siempre había tenido dificultades para desahogarse en ese sentido.

Se transparentaba el niño que nunca dejó de ser a través de su cuerpo devastado, consumido por la enfermedad, más no así el espíritu.

Cuando le dimos su último regalo de Reyes, un albornoz, lo recibió con alegría. Mencionó que su tono gris era el mismo que el de la bata con que Sherlock Holmes estaba en casa. Sonreí con su comentario. Y me dio las gracias entre lágrimas, antes de acostarse tras una dura tarde de diálisis en el hospital.

Paralela a sus muchas facetas, había un ámbito de terneza en él, un río escondido y constante, camuflado por otros escenarios mucho más evidentes y llamativos de su personalidad.

Los juguetes que compraba para el niño que vivía en él, la ilusión por las efemérides de otoño, el tiempo de Difuntos, los ritos de invierno, la Navidad. Ah, la Navidad… Las visitas a la Plaza Mayor para repasar las mismas figuras, fuentes, palacios, pesebres y montañas de cada año, su pasión por los soldaditos, su pasión por las maquetas, su afán de coleccionar y coleccionar, para no perderse nada de la infinita efusión de la vida…

Su: “Arrópame, que me gusta después de conectarme el oxígeno… ¡Ay, qué gusto estar en casa…!” A veces le daba un beso en la frente y le dejaba la cálida luz del dormitorio encendida, por si se levantaba.

Cuando cerraba la puerta al marcharme, era terneza la que permanecía pegada a mí durante tanto tiempo, camino de casa, y así muchos días.

Nube que permanece y sigue conmigo, viniendo de algún lugar, acompañándome.

Ángel, lobo de Liverpool, cordero de terneza. Tal vez ahora te hayas convertido en aquello que anhelaste. Nosotros también somos algo nuevo ahora.

Sueño

He soñado con Ángel esta noche. Yo estaba en la ciudad y me encontraba con él. ¡Qué gran alegría…! Nos sentábamos en un lugar público para conversar. Yo miraba su rostro, su expresión tranquila, apacible, clara, luminosa incluso. Tenía buen aspecto y sonreía. Yo hacía un paréntesis, volvía a revisar con detenida lucidez, el grado de realidad de este momento presente. Lo testaba, lo comparaba con las sensaciones que había vivido desde que supe que él murió. No, no cabía duda: esto era lo real. Me embargaba una profunda y benéfica alegría, la constatación de una realidad más potente que la de la vigilia. Entonces volvía a mirarle y le decía que no podía saber cuánto había deseado esto, poder conversar un rato con él desde que parecía que había muerto.

Durante el sueño y cuando desperté, comprendí que la muerte es demasiado poco para lo mucho que ha sido una vida, cualquier vida. Y supe que Ángel está, permanece, que la vida prevalece de una forma que todavía no comprendemos pero que es real. Agradecí cálidamente su amable visita, el mensaje que con ella me había llevado y ese destello de eternidad que desde entonces siempre encuentra la manera de hacerse presente.

(® Montserrat Montano)

(® Dibujo de Montserrat Sabater)

Rostros

San Juan Bautista, Leonardo da Vinci

El sábado 26 de junio de 2021 recuperamos la posibilidad de salir al aire libre sin mascarilla, observando las precauciones necesarias.

Llegaba así un poco más de libertad y de confianza en la salud y la vida, junto con el sol y los cielos altos de junio. Recién estrenado el verano y después de tantos meses difíciles, una profunda y agradecida respiración colmaba nuestros pulmones.

Salí a la calle con tanta ilusión, salí con una alegría que desbordaba mi cuerpo y cuando me cruzaba con alguien sin mascarilla, le miraba a los ojos, sin poder dejar de sonreír, saboreando todos sus rasgos con un placer renovado…

Un desconocido me saludó. ¡¡Sí!!

Esto confirma que tal como somos, vivimos lo que nos llega.

Siempre he defendido la luz, la alegría y la felicidad apasionadamente y las he tenido a mi lado incluso en los momentos de pérdidas y muerte. Por lo que sé que es posible. Y tal como somos, seremos al envejecer y también al morir.

El miedo es humano, yo también lo he tenido. Lo honro y lo respeto.

Pero la luz, la luz, la luz y la alegría incomparable de encontrarnos cara a cara con el otro… Un gran médico, Stephen Porges, descubrió hace algunos años la importancia del Sistema Social, esa fuerza misteriosa que hace que los bebés, en contacto directo con el rostro de sus madres, se encuentren seguros en el mundo. Eso obra también para los adultos, lo he sabido siempre por intuición y ahora, sencillamente, lo sé desde la plenitud de mi cuerpo.

Era uno de los efectos secundarios de las mascarillas, pues al no poder ver la cara al completo, la fisiología humana se resiente y se acrecienta su miedo básico. Todo esto suele suceder a nivel inconsciente. Un miedo sostenido durante demasiado tiempo, afecta al sistema inmune, repercutiendo en la salud global. Ha sido así durante muchos meses.

¡Por favor, volvamos a la VIDA! Que la prudencia no nos impida disfrutar de lo que está a nuestro alcance, de lo que se nos concede. Celebremos el avance.

Felices nuestros ojos, felices nuestras bocas, que pueden dibujar para el otro el mejor paisaje posible. Nuestros rostros son patrimonio de la humanidad.

(© Montse Montano, julio 2021)

Pensamientos

La lectora, Jean-Jaques Henner

Rutina

La rutina, tal como la entendemos habitualmente, no existe: es un espejismo. Nada se repite en las mismas circunstancias y nunca somos los mismos. Estamos en constante transformación. La aparente reiteración de nuestros actos, nuestros días, nuestros gestos y emociones, revela, a poco que dirijamos la cuidada luz de la conciencia, un sinfín de variaciones propias de una vida en constante evolución, el escenario de un apasionante mundo nuevo a cada instante. Por otra parte, ¿no es acaso la rutina una forma de abundancia? Todo lo que nos viene día a día, con reiterada obstinación, es un don gratuito, y esa gratuidad es la única reiteración que sí se cumple constantemente.

Dentro de la corriente incesante del cambio también podemos encontrar notas constantes que recorren, como una melodía, el río de la vida y en las que podemos descansar mientras seguimos avanzando.

Yacimientos de felicidad

Un yacimiento de felicidad es encontrar una riqueza en modo de tiempo, escenario, recuerdo o vivencia que aumenta la calidad o la profundida de nuestro ser.

Ritmo

Buscar y encontrar delicadamente el ritmo, la huella de lo que “es”, la huella del Tao o del Logos. Si nos adecuamos a ella, nos llegará una verdad, nuestra verdad personal. Enfocar y desenfocar nuestras percepciones, la respiración nuestra de cada día. El ritmo, inscrito como matriz primordial en toda la naturaleza, guarda la mayor sabiduría para la vida. Es su lenguaje más verdadero.

Permanecer en la pureza

Avanzo por un camino soleado y seco. Los árboles discurren todo a lo largo, su sombra familiar acompaña mis pasos, algunas flores, una canción antigua, nubes y el cielo tan alto y azul.

La pureza es muy importante cuando tantas cosas están tan alejadas de su natural sentido.

Se está bien; este escenario, el amable tiempo de lo ya comprendido desde hace años, la singular habilidad para bailar con los días y abrirse a la sonrisa del momento.

Cualquier sendero seductor desde el misterio que transcurre paralelo puede desviarme del camino natural y desterrarme a lugares extraños que tal vez deba conocer, para habitar la incertidumbre. Podría suceder.

Pero nunca, nunca abandono el sueño de la pureza.

Acompañamiento

¡Qué suerte que un ser humano tenga al lado a otro ser humano!

Neutralidad

Siempre que tengas alguna duda sobre cómo sentir o actuar, opta por la neutralidad, tanto en lo que respecta a ti, como a los demás. Si eres cauteloso, es más difícil equivocarte. Ten mucho cuidado con las proyecciones. La pregunta siempre es: ¿Esto verdad o es un pensamiento, juicio, emoción míos?

Maneras de estar

¿Puedes caminar por el mundo con orgullosa humildad? Esta mezcla de matices es muy poderosa, se acerca mucho a la realidad, incluso a alguna verdad. Honra lo que puedas honestamente honrar. Venera algo, si te nace sinceramente. Puedes probar a ser cuidadoso con la fuerza de la alegría, con el entusiasmo derivado de un orgullo irrelevante, con el vanidoso atrevimiento, como paisajes de primavera que pueden desviarnos del camino. Pero, si te desvían, está bien. Tal vez sea más fácil atender a esa necesidad constante de descifrar lo necesario de lo arbitrario, saber adivinar lo superfluo, lo vivaz en lo frívolo.

Cambiando

Cambiar patrones antiguos. Aparte del trabajo constante de hacer conciencia, creo que hemos de obrar con compasión y amor hacia los viejos patrones, pues nos han servido durante mucho tiempo en nuestro camino y cuando se erigieron, la razón última, siempre era de amor. Conviene recordarlo y honrarlo.

Meditación

La meditación es un gran acogimiento en el que tiene cabida todo. También es tomar el pulso a la realidad. Cuando entro en meditación, hay un pensamiento antes de cruzar el umbral: ¿cómo es la vida, la realidad, el mundo, aquí, ahora, en estos momentos? Meditar es la escucha de esto, cómo se expresa la realidad en este momento, en este espacio.

Amor incondicional

Prueba a poner las manos sobre tu pecho, cálidamente. Siente todas las personas que ahora, en estos momentos y alrededor de todo el mundo, están sintiendo conscientemente amor incondicional hacia los demás. Hacia ti. Déjate atravesar gentilmente por esta realidad. Formas parte de esta corriente de amor. Si lo haces con todo tu ser, toda sabiduría, toda iniciación espiritual, ya se ha cumplido en ti.

Simplificar

Cuando estés confuso y tengas dudas, vuelve atrás, simplifica. Complicarlo te aleja de tu propia felicidad.

¿Con que patrón juzgas tu valía? ¿Puedes, sencillamente, ser el que eres?

Delicadeza

El mismo cuidado exquisito que ponemos al crear un poema, es el mismo delicado cuidado que debemos poner para cuidar a un enfermo que nos necesita y el mismo para cuidar de nuestra propia vida.

Hacer y tiempo

¡Qué difícil es a veces saber dejar pasar el tiempo para que nuestra vida madure, sin hacer nada especialmente productivo, a imitación de la naturaleza, con su innata sabiduría! Ella pasa, crece, sueña y se desenvuelve de una forma natural, siendo productiva cuando lo tiene que ser y siendo, sencillamente siendo, la mayor parte del tiempo. A veces no hacer nada especial y vivir lo que nos llega es la acción más potente y completa, la idónea, la que la vida ya tenía previsto en su discurrir.

No importa que parezca que casi todo el mundo tiene razón, conoce y sigue tu intuición. Tú también eres parte del mundo y ¿por qué no una de las mejores?

(© Montse Montano, noviembre 2020)

El despertar espiritual

Hablo de esa inclinación que nos lleva a buscar una vida mejor, más virtuosa, más armónica con nuestros diferentes haceres y en nuestros diversos entornos. Tal vez se trate, sencillamente, de un despertar puro y sincero a la vida, tal como a cada uno de nosotros se nos presenta.

Hace unos días me encontré pensando en los demás, pero no de la forma habitual. Me di cuenta de que algunas de las cosas que solían molestarme de las personas de mi entorno, actitudes que yo consideraba erróneas o formas de ser y actuar que veía como defectos, empezaban a parecerme posibles señales de avance espiritual… de ellos mismos. Sentí algo parecido a un dulce reblandecimiento, como una pequeña revelación que con su luz discreta pero profunda, colmaba mi ser por completo, transformándolo.

Y sí, sólo era esto: cuando empezamos a ver en los antiguos defectos de los demás, posibles caminos personales de avance espiritual.

¿No serán pues, los otros, quienes con sus actos humanos, nos reflejen la apertura más noble de nosotros mismos?

Sentí gratitud, pues por primera vez el acento y el foco no estaban puestos en mí y en mi crecimiento, sino en el de los demás. Se trataba de ellos. Y ese lazo sutil me envolvió para anudarme sabiamente con el mundo.

Algo fuerte y bello rozó mi sentir esa tarde de una forma nueva y cambió, en un giro copernicano, mi perspectiva acerca del despertar espiritual.

Desde este agradecimiento, escribo estas palabras en septiembre de 2020.

(© Montse Montano)

El cortante filo de la coherencia

Joker b&n

 

Una ciudad dura, unas casas estrechas, unas vidas opacas, una sociedad triste. Largas y altas escaleras para alcanzar el cansancio de cada día. Conversaciones sin palabras. O diálogos sin intención de encuentro. Silencio y dolor. Soledad sin aliento y el continuo apagarse del alma, sin otra música que la penumbra repetida y al, final, la oscuridad.

Da igual que esto sea en una ciudad real o en una ciudad inventada.

Da igual donde sea, en cualquier lugar nacen seres humanos, con todas sus cuerdas de violín, con todas sus teclas de piano, con todos los colores de la paleta, con todas las posibles ilusiones, impregnadas en alguna parte de su ADN, en su piel, en la médula de sus huesos, en sus cabellos, en lo tenaz de sus sueños, en la humedad de sus fluidos, en la profundidad de sus emociones.

Un destino del ser humano es ser feliz. O útil. O placentero. O liviano. O transparente. O seguro, confiable. O amado.

Cuando todo esto es negado reiteradamente, surge la enfermedad, la violencia, la locura, la muerte.

Mirar esto con compasión nos lleva a compartir parte de la responsabilidad.

¿Dónde está la verdad? ¿Y la belleza? ¿Dónde está lo humano?

Cuántas veces lo humano es negado por nosotros mismos, en una dislocada locura admitida, en una desgarrada locura sostenida.

Había un hombre que había crecido, llevando consigo al niño que siempre nos acompaña. Era un hombre como tú o como yo. Sí, estaba enfermo y desquiciado, pero cualquiera de nuestras sombras bien escondidas revelaría similitudes escalofriantes con algunas partes de su vida. Puede que si le contemplas a distancia, amparado en la oscuridad, desde un lugar seguro y confortable, te sientas muy alejado de él. Pero no te equivoques ni te engañes: es como tú. Tú eres como él. Todos somos, en algún sentido, como él.

Yo, que persigo y aliento la belleza, que busco el amor que primero recibí de mis padres, que me dejo mecer por la sólida tranquilidad de la armonía, ¿en qué me diferencio de este hombre que desde niño tenía un sueño, tal vez un modesto destino: hacer reír a los demás? Ese muchacho que, de mayor, intenta trabajar en lo que más se acerca a lo que aspira. ¿Cuál es la diferencia? ¿Cuánto más roto está él que yo, que tú?

La vida a veces golpea duramente, sin aparente justificación. Es el misterio del dolor que nos acompaña. A Arthur Flecker, el payaso, le sucede esto. Le pasa todos los días de su vida, desde que recuerda. A algunos seres humanos les pasa todos los días de su vida.

Es un hombre frágil, algo tímido, desdibujado, encorvado, sombrío e indefinido. A veces es vulgar. Avanza a trompicones por su vida angulosa, se golpea con situaciones, recuerdos, objetos y personas. Y desciende, desciende… desciende todavía un poco más.

Cuando el delicado equilibrio en el que malvive se escora, una extraña coherencia aflora en él. Nunca la más desgarrada injusticia será igual al más puro de los gestos. Pero la coherencia es implacable y puede que a veces brote fuera del alcance moral.

Cuando Arthur el payaso cruza inevitablemente esa línea, algo diferente se revela en él.

Ahora camina seguro, su música interior da nervio a sus miembros, ondula su cuerpo, baila ambigua y seductoramente, está alineado con el único escenario que el mundo le ha ofrecido tras el telón. Su coherencia es límite y catastrófica, vibra en una suerte de orden interno mortal.

Ahora, es la demencia, el impulso de muerte, la destrucción y el advenimiento del caos.

Sin justificación. Sin reprobación. Sólo mira lo que sucede, no apartes la mirada de este desgraciado payaso.

Joker deslumbra, atrae y convoca. Su insania ya no tiene recovecos ni meandros, fluye naturalmente, como siempre quiso como ser humano fluir. Es atractivo en su fuerza. Sus partes rotas y escindidas han encontrado una nueva unión que sólo es posible en un mundo igual de roto, enfermo, maliciosamente perverso y alienado.

No, no es tan extraño que nos repela. No, no es tan extraño que nos atraiga. Es como tú, es como yo.

(© Montse Montano)

Samaín, final del verano

Bruja

 

Ahora, en octubre,

última tarde y primer escalofrío,

lejos ya la estación del mediodía.

 

Se sostiene la bonanza,

la costumbre de los días amplios

y ya se anticipa

la sombra del frío.

 

Cosecha,

apertura de la espera.

 

Nos consuela la mesura,

armonía de mano y herramienta,

-alma y cuerpo-,

cadencia de los números

ordenados en el calendario.

 

Saluda enigmática la bruja

en el cruce claro de caminos

que separa al mundo del bosque,

ya apenas en la tarde.

 

La cabra de húmedo nervio

salta de roca en roca,

con paso estremecido

y mira con ojo antiguo

a las almas camino de la noche.

 

Blanquea la lechuza

el sendero hacia el misterio.

 

Lamparilla,

brillo de aceite y lágrimas,

a modo de oración

o recuerdo.

 

Cuando tanto abandona el alma

a hombres y cosas,

mujeres y raíces,

deja abundante cosecha:

tantos nombres de piedra,

cuerpos como lápidas,

textos rituales que acentúan

un alejamiento nuevo,

mientras añoran el cotidiano

costado que les amaba.

 

Un mundo callado y muerto

de cosas que perseveran en la vida

y se transforman para siempre.

 

En la noche,

va cambiando la luz

y el tiempo.

 

Nada de lo que hayas oído

en la casa o el bosque

podrás repetir en este mundo,

pues pertenece a las ánimas.

 

Todas las hojas se descomponen

alimentando el fuego del ocaso,

en el horizonte camina una luz,

a la que vamos;

arde en nuestras manos el candil

y cada uno avanza

hacia su propio silencio.

 

Vivimos en la confianza

de este humano equilibrio

de cosas y tiempos,

pisando la delicada frontera

donde los mundos se encuentran.

 

En unas horas

casi besa el cielo a la tierra

y los pasos se confunden,

tropezándonos con partes de la vida

y el aliento leve de las almas.

 

Sabemos con certeza

que la muerte no es extraña,

conocemos el secreto que dibuja

la otra parte precisa de la vida.

 

Es tranquila, armoniosa

y está hecha a nosotros,

con la dulce viscosidad

del gusano al que la carne

ha sido dada.

 

Es ofrenda.

 

Encontramos bajo tierra

más espacio, más luz y tiempo

para continuar con el designio

inagotable.

 

Y hacia él vamos.

 

(© Montse Montano)

El sueño de una noche de verano

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Este es un homenaje a una noche muy especial de mi vida y a la mujer y al hombre involucrados en ella, que fuimos Richard Widmark y yo.

Literalmente, el sueño de una noche de verano.

El 28 de junio de 1973 proyectaron en televisión una película de Vincente Minnelli titulada “La tela de araña”. Es una curiosa rareza en la filmografía del famoso director. Un melodrama coral, con tintes psicoanalíticos, desarrollado en una clínica psiquiátrica y en torno al nimio detalle de unas cortinas. Muchos la consideran una obra menor, pero algunos saben que, detrás de su extraña extravagancia, su trama enrevesada, sigue latiendo el pulso inteligente, delicado y elegante del gran director italo-americano, quien nunca suelta las riendas de tan fascinante cuadro. Realmente, el lugar y las pinceladas médicas son el escenario secundario para desplegar una singular puesta en escena en la que la historia, convencional y de relativo interés, discurre como un atrayente río, de la mano del estupendo elenco de actores, que vuelcan de forma natural, la fuerza de sus personalidades.

Entonces yo era una muchacha de catorce años, soñadora, introvertida e inquieta intelectualmente. Había empezado a interesarme por el mundo de la psiquiatría, leyendo Freud y a Jung. Siempre me había sentido atraída por el mundo de los sueños.

Mirando retrospectivamente, siento aquellos días como un tiempo lleno de benignos augurios, unos días de gracia en los que varias circunstancias se alinearon para favorecer la aparición de mi “animus”, el arquetipo de lo masculino en mí. Emergió, cristalizando a través de un sueño.

Entonces proyectaban muchas películas clásicas en televisión y yo había visto a Richard Widmark recientemente en dos o tres títulos, películas de acción, westerns o bélicas, que había seguido de forma superficial. Pero ya el atractivo profundo y magnético de Widmark había entrado en mi subconsciente. Aquella noche, el anuncio de la emisión de esta película, con su argumento acompañado de la foto de un sereno y elegante Widmark, en nada parecido al perfil que de él conocía, despertó mi interés.

Adoraba el cine desde pequeña, constante fuente de ensoñaciones y reflexiones personales que me ayudaban a construir el sentido de mi vida.

Era la verbena de San Pedro y la celebramos en casa de mis abuelos, para despedirnos antes de irnos de vacaciones. Disfrutamos de la fiesta en familia, todo ello en medio de un nerviosismo que iba en aumento, ante el temor de perderme tan delicado bocado cinematográfico.

El espectáculo me cautivó. Fui sensible a la exquisita dirección y al talento de los grandes actores que, una vez más, me contaban una historia con la que yo podía soñar en cómo era la vida.

Me impresionó Stewart McIver, el psiquiatra discreto, distinguido e inteligente, al que ponía cara y cuerpo Richard Widmark. Era la primera vez que veía a este actor en un registro tan diferente a los habituales y mi alma juvenil se enamoró profundamente de esta “Imago”. Yo todavía no lo sabía, sólo recuerdo que volví a casa con el ánimo vibrante de una intensidad nueva para mí, con la imagen nítida de su rostro especial, su expresión definida, sus rasgos tan únicos y su sonrisa cautivadora, envolviéndome cálidamente.

En la historia, Widmark está insatisfactoriamente casado con una sensual y lábil Gloria Grahame, que, como casi todos los personajes de la película, no hace sino buscar su sitio en el entorno que le ha tocado vivir. Widmark coincide en la clínica con una viuda joven y atractiva, en plena resolución de su duelo. Todo el peso e importancia del encuentro amoroso estaba centrado en esa relación extra-matrimonial, era esa la pareja que destilaba la química misteriosa del “encuentro” En realidad, así era en la historia original, que, por motivos de la censura, se transformó en un forzado “final feliz” en el que las aguas se remansaban. Widmark volvía a los improbables brazos comprensivos de la inquieta Grahame, renunciando a un amor pleno, maduro, tal vez incierto, pero apasionadamente correspondido.

Al día siguiente iniciamos las vacaciones, viajando hacia un pequeño pueblo de Gerona. Me entregué al verano, los baños en el río, las lecturas en la terraza de la casa de la plaza Mayor, a mi lucha constante con mis padres para defender mi soledad con toda la terca fuerza de mi alma juvenil.

Diez días después, el 10 de julio de 1973, tuve un sueño. Soñé con Richard Widmark, tal como le había conocido en “La tela de araña” y su aparición, macerada de forma misteriosa y definitiva en mi alma, como un sortilegio, marcó y transformó mi vida profundamente. Fue un relámpago sublime que iluminó los diez posteriores años de mi juventud.

A partir de aquel día empecé a llevar un diario de sueños, unido al personal, que ya escribía de forma esporádica. Diarios que sigo escribiendo actualmente, en un ejercicio de creación, trabajo personal, asombro y agradecimiento.

La calidad, el tono, el contenido de aquella revelación, escapaba a mi idea del amor, del que yo ya tenía una idea muy personal y elevada. Era una experiencia iniciática. Nunca pude escribir que amaba o estaba enamorada de Widmark, como hubiera sido lo natural en una adolescente soñadora e introvertida. No, aquello escapaba a todo, no se podía explicar con nada, era un manantial inefable que se me había revelado en sueños, introduciéndome a una vida interior elevada y mantenida durante años.

Esta imagen de la película refleja lo que he contado. Emergentes y sostenidos por el amor, plenos y entregados en un abrazo de luz, revelados por el cáliz misterioso de un sueño que perdura a través del tiempo, mágico y eterno.

(© Montse Montano)

El libro de la ciudad

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ISBN: 9788417416027

Tengo el placer de presentar mi nuevo libro de poesía, en colaboración con Catorcebis Editorial, que ha confiado y valorado el sentido de mis palabras.

Gestado lentamente en la matriz de los días, decantado por la necesidad de la memoria, aquí queda, en este poemario, la destilación de una parte de mi vida.

Con las palabras de la editorial, a modo de umbral propiciatorio y cierto: “El libro es fuerza, es valor, es poder, es alimento, antorcha del pensamiento y manantial del amor”, y con las mías, os invito a compartir este testimonio, escrito con amor y por amor, y publicado como entrega, que es como la poesía nos llega siempre.

El libro de la ciudad es un itinerario, de la mano de un hombre centrado en su destino. A través del encuentro con este guía natural, mensajero hacedor de realidades, el recorrido físico revela una geografía espiritual a un “yo” testigo, que acepta la donación. El alma es llamada a la mirada. Los espacios se desvelan desde la alegría, la emoción y la conciencia del ser. Este callejero muestra su sentido en el misterio del amor, fuente constante de creación pura. Son palabras que dan testimonio de esta pequeña revelación, la de una verdad que encontró luz y sentido en la sangre y las venas de la ciudad.

Prólogo. Hada en la ciudad

Este libro que el lector tiene en sus manos bien podría haberse llamado Hada en la ciudad. Pues Montserrat Montano, la poeta que nos entrega su esencia misteriosa, vertida en breves versos que no se agotan con la lectura, ejerce de hada de las palabras, elevando la ciudad de materia arrasada por el tiempo a espíritu vivo que irradia belleza y sensibilidad. Es ejercicio de la poeta el de darle vida a las piedras, las calles, la niebla, los árboles, los semáforos, todos los objetos o materiales que ella convierte en habitantes de la ciudad. Como en esencia primigenia la poesía pretende ante todo dar vida, es de las artes la que más quiere acercarse al poder divino, ese poder de la creación, «poiesis», en el que boga por el enigma todo el universo. Montserrat ejerce de sacerdotisa de la luz y las sombras. Su palabra es una varita mágica que pretende derrotar a la muerte, a la soledad, a lo inmóvil. Los árboles «hablan con palabra verde y profunda». La lluvia es una mirada «una mirada puesta en pie para partir». Las sombras de los árboles «se buscan con besos de aire». «La acera es una piel siempre en combate con el mundo». La niebla tiene dedos. El cuerpo, la vida, se interrelaciona con la realidad material de la ciudad enlazándose con lo humano hasta ser algo humano más.

Montserrat nos entrega una poesía delicada, sensible, esencial. No sobra ni una palabra. Huye argumentos o los versos o las ideas que por oscuras algunos consideran hermosas. No. En Montserrat la poesía es una fuente cuya agua, dulce, serena, enamorada de su oficio de dar la vida, fluye con la naturaleza en esa realidad de la vida que no se cansa de ser. La ciudad es una casa donde las cosas crecen para la vida. El viento recorre las calles en interminable lluvia de silencio. Una infinita dulzura se revela en unas hojas. Grietas del asfalto, intensas arrugas por donde discurre el tiempo, dice textualmente la poeta desplegando una sensibilidad profunda, como si apenas tocara nada, solo lo rozara para que ni el silencio, ni la esencia, ni la mirada se pueda contaminar de tiempo. Al final, como no podía ser de otra manera, la poeta llega al mar. Ese mar inmenso que es lo desconocido, enigmático y por supuesto bello que hay en el enigma de las cosas. Servidora del fuego y del amor, hada en la ciudad, dice Montserrat. Y eso es. Una poeta que con la varita mágica, su dulzura y su corazón, inyecta vida real al corazón muerto de la materia.

Manuel Juliá, escritor

 

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